jueves, 26 de octubre de 2017

Unidad 10. Para distinguir la voz de la conciencia y la voz del inconsciente

La voz del inconsciente: en nuestra psique se dan contenidos inconscientes, y éstos gravitan en nuestra conciencia moral. La voz del inconsciente se hace oir como un sobreyó que es fácil confundir con la voz de la conciencia.[1] Este sobreyó es la introyección de nuestro padre, maestro o policía, los cuales, desde adentro, nos amenazan, censuran, castigan y premian. El sobreyó y la conciencia son dos realidades totalmente diferentes, pero sus voces suenan engañosamente similares. La voz del sobreyó ordena buscar ser aprobado y amado, y advierte sobre las terribles consecuencias de la pérdida de tal aprobación y amor. La voz de la conciencia, por el contrario, invita a amar. La confusión puede llegar a extremos lamentables, sobre todo cuando se confunde la voz del sobreyó con la voz de Dios y, en consecuencia, se concibe a Dios según esa voz. Urge, pues, identificar y distinguir entre la conciencia auténtica y el sobreyó. Les ofrezco estos criterios de discernimiento avalados por la experiencia.


Sobreyó


–   Manda actuar para ser aprobado, y atemoriza con la desaprobación. Valemos según seamos aceptados.

–   Es estático, no crece ni aprende. Repite siempre el mismo mandato. Desconoce la adaptabilidad a las circunstancias.

–   Sus mandatos son inconexos y atomizados.

–   Se refiere a una autoridad a quien se debe obediencia.

–   Mira hacia atrás y procura borrar el pa-sado o ahogar el presente con el pasado.

–   Impulsa a buscar un castigo a fin de merecer el perdón.

–   No guarda proporción entre el senti-miento de culpa y la gravedad de la falta.

Conciencia


–    Invita a amar. Juzga nuestro valor personal según la oblación y gratitud de nuestro amor.

–    Es dinámico, se desarrolla y crece en sensibilidad a los valores. Se adapta a nuevas situaciones.


–   Sus invitaciones son coherentes entre sí y tejen una historia.


         Se refiere a un valor o contravalor que espera una respuesta libre.

–    Mira hacia adelante e integra el pasado con visión de futuro.


–    Aconseja reparar a fin de facilitar la reconciliación.

–    Guarda proporción entre la experiencia de culpa y el valor lesionado.


      
       Les cuento cómo se me abrieron los ojos a la existencia de estos fenómenos pseudomorales. Poco antes de terminar el bachillerato, en una tarde de otoño, hablando con un amigo, me preguntó: ¿porqué nunca decís malas palabras? Al mismo tiempo que le daba una explicación insulsa por su verbosidad y apariencia de autocontrol, reviví un acontecimiento que había tenido lugar varios años antes. Estaba con uno de mis hermanos en casa de unas tías solteras, ricas, devotas y entradas en años. Tomábamos todos juntos el té, mi hermano y yo con cierto apuro, pues deseábamos salir al jardín para jugar. En eso, empezó a nublarse el cielo. La frustración y la espontaneidad de mis pocos años me hizo exclamar: ¡caray con esas nubes! (forma corrupta de "caramba", interjección que expresa sorpresa o enfado). Una de las tías, con su taza a medio camino de la boca, quedó como paralizada, hasta que, clavándome su mirada, me preguntó: ¿qué has dicho? ¡Caray! Su parálisis momentánea se convirtió en un golpe sobre la mesa al mismo tiempo que exclamaba: ¡qué horror el vocabulario de estos niños! Casi en seguida retumbó un trueno y, entre relámpagos, comenzó a llover. Huelga decirles que toda esa conmoción y llanto en los cielos había sido causada por mi inocente interjección y era el castigo que Dios me mandaba y mi querida tía con un nuevo discurso acompañaba. ¿Porqué nunca digo malas palabras? Porque tengo dentro una tía, revestida de rayos y truenos, que hace años me lo prohibió...
     

                                               P. Bernardo Olivera OCSO (trapense), de su libro “Para Cristo”,
                                               Carta 31: autoconocimiento y acogida.
                                              




[1] “Sobreyó” es una variante creada por Bernardo, para matizar la instancia que Freud llama “superyó”, expresión que le daría a esta instancia psíquica un “super–poder” que haría muy difícil su integración. 

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