Ente: (del latín ens, entis, participio presente del verbo esse,
ser o existir): lo que es, lo existente.
En el ente se conjugan sustancia y accidentes, esencia y existencia,
forma y materia.
Sustancia: (del latín sub - stare, lo que está debajo, “lo que se
sostiene en sí mismo”): es la cosa que existe en sí misma y no en otro ser. No
es universal (como la esencia) sino individual. Por ejemplo, para el hombre,
sustancia es lo mismo que cada sujeto humano concreto e individual: Juan,
Pedro, etc.
Accidentes: (del latín accidit,
lo añadido): son maneras de ser, las diversas determinaciones de la sustancia
ya existente. Por eso no pueden existir en sí mismos, sino que siempre existen
en una sustancia. Por ejemplo: el color es un accidente; la blancura no existe
realmente en sí misma, lo que
existen realmente son cosas (sustancias
individuales) blancas.
Repasando: sujeto, o sustancia, es aquello
que permanece a pesar de los diversos cambios –a menos que se trate de un
cambio sustancial– y es lo que propiamente le incumbe a la cosa por naturaleza
(por ejemplo para el hombre, ser “animal racional”), mientras que los
accidentes son el resto de modificaciones o alteraciones que pueden darse o no
en la sustancia, porque no pertenecen necesariamente a su esencia. «Sustancia» es lo que es un ser y
«accidente», una manera de ser. En consecuencia, lo accidental es aquello que
no expresa ni la naturaleza ni la definición de algo y que le pertenece como
simple cuestión de hecho. Así, al hombre le es sustancial tener inteligencia,
mientras que le es accidental ser músico.
Se suelen enumerar 9 accidentes: relación,
cantidad y cualidad, tiempo y lugar, acción y pasión, posición y posesión.
Esencia: (del latín essentia): aquello por lo que una cosa es lo
que es, y no otra cosa. Por ejemplo, en cada hombre concreto su esencia es su humanidad
(también la podemos llamar naturaleza humana). Una cosa es lo que es,
por razón de su esencia o naturaleza.
Y la esencia o naturaleza es lo que
expresamos por medio de la definición. Por ejemplo, para el hombre es “animal
racional”.
La esencia también es llamada “naturaleza”.
Y un modo de establecerla rápidamente, es respondiendo a la pregunta: “¿Qué es
(esto)?”
Existencia: Hay
que distinguir entre el «ente» (ens) –expresado con un sustantivo– y el
«ser» (esse) –expresado con un verbo– en el sentido de “acto de ser”,
“acción de ser”.[1]
Esencia y
existencia juntas, componen una sustancia.
Materia: (de materies, madera): aquello con que algo está hecho.
Forma: (del latín forma, aspecto, configuración, idea, diseño,
etc.) el elemento metafísico correlativo de la materia, con la que constituye
la esencia de cada cosa: la forma es el elemento determinante, y la materia es
el elemento determinado
Por ejemplo, en el hombre, el alma es la
forma de la materia.
Materia y
forma, juntas, configuran una esencia.
Persona: una definición clásica de persona es la del filósofo cristiano
Boecio, quien la definía diciendo que la persona es “la sustancia individual de
naturaleza racional”. Pero, como esta definición sólo es aplicable a las
personas creadas –y no es aplicable a las Personas divinas de la Trinidad– Santo Tomás de
Aquino la modificó, definiendo a la persona –tanto divina, como creada– como
“el subsistente distinto en una naturaleza intelectual”. Algunas definiciones
contemporáneas, –que aspiran más a lo descriptivo que a lo exhaustivo– definen
a la persona como “uno en relación” o “sujeto relacional”, subrayando el
aspecto de relación de modo más explícito que las definiciones clásicas.
Para establecer rápidamente la realidad de
la persona, respondemos a la pregunta: “¿Quién es (este)?”.[2]
Causa: Aristóteles intenta explicar el cambio que ocurre en las cosas
recurriendo no a un principio material, como había sido tradición entre los
presocráticos, sino a un conjunto sistemático de causas materiales y no
materiales. Partiendo de una reflexión sobre la manera como el hombre produce
algo, se plantea las preguntas principales que pueden hacerse al respecto:
quién hace algo y para qué lo hace, y qué es esto y de qué está hecho o en qué
consiste. Estas cuatro expresiones son las cuatro distintas maneras con las que
podemos preguntarnos el porqué de una cosa; y este porqué no está simplemente
en la mente de quien pregunta, sino que forma parte de la constitución real del
objeto. Los porqué pertenecen propiamente al mundo, no al hombre; y las causas
lo explicitan.
La causa, según Aristóteles, puede
considerarse bajo cuatro aspectos:
1. Como aquello a partir de lo cual algo se produce, la materia
(en griego hyle) de que se hace algo
y que la cosa continúa siendo: el sustrato (el «de qué»);
2. Como la forma, (o el logos), la sustancia o esencia que se manifiesta por la definición,
el modelo, la idea o el paradigma (en griego
eidos) de la cosa, esto es, el principio organizador y estructurador de la
materia que en íntima composición con ella permanece en la cosa (el «qué»);
3. Como el agente o el iniciador del cambio, el hacedor, el responsable,
el origen (el «quién», el «por qué»):
4. Como el fin (en griego télos), la finalidad, el objetivo hacia
el cual se orienta la producción, con miras a lo cual se hace algo, el bien de
la cosa (el «para qué»).
La tradición ha dado a estos aspectos de las
cosas los nombres de causa material,
causa formal, causa eficiente y causa final.[3] Aristóteles
aplica este modelo de explicación causal tanto al mundo natural como al mundo
artificial, o del arte.
En este último caso, por ejemplo, el
constructor que construye una casa es el agente o iniciador del cambio de los
materiales o del sustrato con que inicia la construcción; en este caso, los
ladrillos, la piedra o la madera. Estos elementos materiales se hallan en una
pura pasividad receptiva, o potencialidad, respecto de la forma, idea
arquitectónica o el modelo de construcción, que el arquitecto irá actualizando,
llevando a cabo, aplicándola a los materiales y hasta al espacio o al volumen
de que dispone, con el fin de lograr una vivienda.
Causa ejemplar:
Aparece como una quinta causa, no asimilable a las anteriores; aunque las
profundiza. Pues, como “todo agente obra algo semejante a sí mismo”, resulta
que algún rasgo del agente queda como transferido y plasmado en su obra. Y así
el agente no es sólo “causa eficiente”, sino también “causa ejemplar” en cuanto
–de alguna manera– es modelo de su propia obra.[4]
Acto y potencia: El acto es la actualidad de un ente, y significa realización y
perfección; mientras que la potencia es la real posibilidad de ser algo. En las
cosas materiales, la materia es la potencia y la forma, el acto. Por eso, el
compuesto de materia y forma es también un compuesto de potencia y acto.
Con la
concepción de la sustancia material como un compuesto de materia y forma, o de
potencia y acto, explica Aristóteles no sólo la composición interna de las
cosas materiales, sino también el problema del devenir o del cambio. Lo que
cambia pasa de “la potencia de ser algo” al “acto de serlo”.
Analogía: entre la
equivocidad –donde entre dos seres no hay en común más que la palabra que los
designa (por ejemplo, “escudo” dicho del arma defensiva y de la unidad monetaria
de Portugal) y la univocidad –donde entre dos seres, la palabra que los designa
se aplica con la misma propiedad en ambos (por ejemplo, “hombre” dicho de
Platón y de Sócrates)– está la analogía. En la analogía se expresa que entre
dos seres hay una relación de participación en algún elemento, que en parte es
semejante, y en parte es desemejante (y esto, aún puede darse en diversos modos
o grados).
Por ejemplo:
desde un punto de vista, hay un “único y eterno sacerdote de la Nueva Alianza”, que
es Jesús. Pero, como Jesús nos participa de su sacerdocio, entonces desde otro
punto de vista, todos los cristianos somos sacerdotes (profetas y reyes) por el
bautismo. Y, desde un tercer punto de vista, algunos son sacerdotes, porque han
recibido el sacramento del Orden, en el grado de Obispo (quien tiene la
plenitud del sacerdocio ministerial) o de presbítero.
De modo
semejante, “el ser se dice de modo analógico”: Dios es, el hombre es y la
piedra es. Pero no son exactamente del mismo modo: Dios es su propio Ser
subsistente; el hombre es creatura e imagen de Dios; la piedra es un ser
material.
[1] Dios es la plenitud de ser (ipsum
Esse per se subsistens) su mismo Acto de ser subsistente.
[2] De este modo, vemos que esencia es el “qué” y persona es el
“quién”.
[3] Las dos primeras, son “causas intrínsecas”, es decir, están “en
la cosa” (y se identifican con lo que más arriba llamábamos simplemente,
“materia” y “forma”). Las dos últimas causas, son “causas extrínsecas”, es
decir, operan desde afuera de la cosa y son su “por qué” y su “para qué”.
[4] Es algo de lo que la
Biblia quiere decir, cuando expresa que el hombre es “imagen
de Dios” (Gn 1, 26s).
No hay comentarios.:
Publicar un comentario