RESUMEN
El presente artículo explora de forma sistemática los elementos
concernientes al proceso y al carácter relacional de la creatividad humana a
través de sus diferentes campos, y a la vez explica los vínculos generados
entre la obra, el creador y el entorno. Dichos nexos son como medios garantes
de la armonía estética en la preservación de la vida, frente al egoísmo y la
barbarie. Es por este motivo que se analizan aspectos sobre el carácter
relacional de la condición humana y la infinidad de espectros que esta asimila
y recrea desde lo más hondo de su raíz por cuanto es “un ser de encuentro”. El
artículo enfatiza la necesidad de fundar una unidad entre el hombre y su
entorno, unidad que es básica para una auténtica cultura. La obra de arte y
toda creación humana deben expresar relación y proporción, y en ese sentido
manifestarán y anunciarán el triunfo de la vida.
INTRODUCCIÓN
A los siete años de terminar la Segunda Guerra Mundial
visité Alemania por primera vez. Al bajar del tren en Colonia, pude ver la
inmensa mole de la catedral gótica presidiendo, como una vieja dama enlutada,
un mundo en ruinas. Y pensé cómo se explica que la Europa de la gran cultura se
haya desgarrado tan ferozmente a sí misma. Ésa era la Europa de Bach y
Beethoven, de Miguel Ángel y Rafael. ¿No se había dicho siempre que la cultura
eleva nuestro espíritu, nos forma, nos hace crecer como personas?
Ante un espectáculo semejante, producido por la
primera hecatombe mundial, un genial maestro de escuela austríaco, Ferdinand
Ebner, nos hizo ver, en 1921, que la causa del desmoronamiento de la culta
Europa había sido convertir la “vida
cultural” en un mero “soñar con el
espíritu”.[1]
La verdadera
cultura implica creación de vínculos, fundación de unidad entre el hombre y
su entorno. Soñar con el espíritu es
poner en juego nuestras potencias espirituales para conseguir dos metas muy
atractivas: realizar experiencias conmovedoras por su belleza y acrecentar el
conocimiento a fin de adquirir un inmenso poderío sobre la realidad. Pero todo
ello sin comprometer nuestra persona con la de los demás. En su obra clave: La palabra y las realidades espirituales
–origen y fuente de buena parte de la Antropología filosófica contemporánea–,
Ebner destacó que la vida espiritual auténtica comienza cuando se pronuncia la
palabra recta, y esta palabra es la que pronuncia el amor y sirve de vehículo
al encuentro humano en todos los órdenes.[2]
Debemos recordar que la cultura es esencial a la vida
del hombre, porque éste no vive empastado en el entorno, ya que a cada estímulo
puede dar diversas respuestas. Ese distanciamiento le permite y le exige crear
con las realidades del entorno diversos modos de unidad y de relación. Todo el
universo se asienta en relaciones y vive, por tanto, en unidad.
Sólo el ser humano debe, además de mantenerse en
unidad con el entorno, crear modos nuevos de unidad. Esa actividad creadora es
el origen de la cultura auténtica. Si nos damos cuenta de todo esto y sacamos
las consecuencias pertinentes –pensaba Ebner–, suscitaremos una “revolución cultural” tan fecunda que
dará lugar a una nueva forma de Humanismo, capaz de superar los mayores
conflictos.[3]
La importancia decisiva de la categoría de relación
Vale la pena estudiar a
fondo esta sugerencia de Ebner. Lo decisivo en la cultura no es producir obras
de arte, de literatura, de ingeniería o de alta filosofía que nos permitan
vivir experiencias de
impresionante belleza o de adentramiento en el secreto de
la realidad. Lo decisivo es crear formas de relación valiosas, por la razón
básica de que el ser humano es “un ser
de encuentro”, según la Biología actual más cualificada. Por eso los
biólogos recomiendan actualmente a las madres que, a no ser en caso de
enfermedad, amamanten a sus hijos, ya que amamantar no es sólo dar alimento; es acoger. Lo que más necesitan los
bebés es verse acogidos por el entorno, sentirse inmersos en una trama de
relaciones amistosas.
Si por naturaleza somos
seres de encuentro y vivimos como personas, nos desarrollamos y perfeccionamos
creando toda suerte de encuentros, no es extraño que todas las áreas de
conocimiento subrayen la importancia de la categoría de relación.
1.-
Las Matemáticas tienen como meta
primordial la creación de estructuras, y toda estructura implica la ordenación
de diversos elementos. Esta forma de orden, configurado por la mente humana,
presenta una afinidad enigmática con el orden o interrelación que rige en el
universo entero y puede expresarse en fórmulas matemáticas. Los grandes
pioneros de la ciencia, Kepler por ejemplo, se extenuaron buscando las fórmulas
que permiten pensar racionalmente la constitución íntima del universo por la
convicción de que éste se halla ordenado, y toda nuestra tarea investigadora
consiste en descubrir ese orden. De ahí que eminentes físicos actuales –Max
Planck y Werner Heisenberg entre otros– no tuvieran reparo en afirmar que no es
posible hacer ciencia sin el respaldo último de la creencia en un supremo
ordenador del cosmos.
El profesor de Matemáticas debe enseñar a los alumnos a
operar con las estructuras matemáticas: fórmulas, ecuaciones, operadores... Es
parte esencial de su programa docente. Si a través de tal enseñanza procura que
los jóvenes se hagan una idea clara del poder
de las estructuras matemáticas, de su belleza
–debido a la armonía de los elementos que conjuga– y de la afinidad entre el orden establecido por la mente y el orden que
ensambla las diferentes realidades del universo, desde lo infinitivamente
pequeño a lo inmensamente grande, pone las bases de una sólida formación
espiritual de los alumnos. Estos salen del curso de Matemáticas preguntándose
asombrados, qué enigmática energía poseen las relaciones.
2.-
Este asombro se acrecienta cuando, en clase de Ciencias físicas matemáticas, se le descubre que el elemento último
del universo no viene dado por formas infinitamente peque- ñas de materia sino
por “energías estructuradas”, es decir, interrelacionadas. “La materia –escribe
el físico atómico canadiense Henri Prat– no es más que energía “dotada de
forma”, informada; es energía que
adquirió una estructura”.[4]La
importancia decisiva de la relación en la constitución última del universo
inspiró esta frase al eminente físico inglés A. S. Eddington: “Dadme un mundo –un mundo con relaciones– y
crearé materia y movimiento”.[5]
El alumno termina el curso de Física descubriendo que la relación está lejos de
ser un mero accidente, como se dice
usualmente; afecta a los seres en el núcleo mismo de su ser.
3.-
Este descubrimiento se afirma en su espíritu cuando aprende, en Historia del Arte, que la maravilla del
arte griego surgió al descubrir que la belleza es debida a la armonía, y ésta se logra conjuntando la proporción y la medida. Subes a la
Acrópolis ateniense y ves cómo se alza al fondo el Partenón. Te asombra su equilibrio y el halo de majestad que
irradia. Luego adviertes que esa armonía responde a la proporción precisa que
hay entre sus distintas partes y a la adecuación de toda la obra a la figura
humana. El encanto de esta obra maestra se debe, en definitiva, a la relación.
El radio de la base de sus columnas era tomado como módulo para medir la altura
de éstas. Al ser dóricas, debían medir 16 módulos. Si fueran jónicas, 18; si
fueran corintias, 20. La anchura del triglifo era tomada como la unidad. La
metopa adyacente debía medir 1,6. Hasta los pormenores más exiguos habían de
guardar proporción entre sí, y todos con la figura humana. Esta medida o mesura
de la obra entera resalta al observar que el Partenón no es ni demasiado grande
ni demasiado pequeño respecto a la figura de un hombre normal.
Algo semejante cabe decir de
las obras esculturales, por ejemplo la Venus
de Milo o el Apolo del Belvedere.
Sus dimensiones guardan relación con las de la figura humana, son medidas o
mesuradas por ésta. Pero también las dimensiones de cada una de sus partes
tienen una medida interior, porque están proporcionadas entre sí conforme a un
canon generador de belleza, el célebre canon denominado “sección aúrea” o “número
de oro”. Los artistas griegos advirtieron que, si se divide una superficie en
dos partes, de la cual una ocupe el 0,382 del conjunto y la otra el 0,618 –o
bien, el 0,528 y el 0,472– el efecto resultante es de gran equilibrio y
belleza. Las proporciones de la Venus fueron calculadas de esta forma. Se
dividió su figura en dos partes: desde la coronilla de la cabeza hasta el
ombligo, y desde aquí hasta la planta del pie. Esta segunda parte abarca el
0,618 de la longitud total. La otra se reduce al 0,382. Cada una de estas
dimensiones es subdividida en otras dos: desde la coronilla de la cabeza hasta
el arranque del cuello, y desde aquí hasta el ombligo. La primera abarca el
0,472, y la segunda el 0,528. Cada una vuelve a dividirse, de forma que hasta
la parte más diminuta del cuerpo queda sometida a proporción mutua.
Esta relación proporcional
no se ve pero se siente. Es una realidad de tipo distinto a la del material de
que está compuesta la obra, pero no es menos real. Es tan real que merced a
ella esos productos del ingenio humano se convierten en campos expresivos llenos de
armonía. Estas obras pesan, ocupan un lugar, tienen límites precisos,
ofrecen resistencia, pueden ser tocadas, desplazadas, vendidas..., como sucede
con los objetos. Pero ellas superan con mucho el nivel de los meros objetos.
Son puntos de irradiación de belleza, expresividad y simbolismo. Y todo ello
debido a esa forma privilegiada de interrelación que es la armonía.
Este criterio de la belleza
fue aplicado por los griegos a todas las vertientes de la vida humana: la
urbanística, la política, la moral... Una acción moral, por ejemplo, es bella
si es equilibrada, mesurada, armónica. Una ciudad es bella si sus partes están
proporcionadas entre sí y el conjunto está construido a escala humana.
El alumno termina el curso
sobrecogido por el poder que tiene la relación de “engendrar obras en la
belleza” –como decía Platón– y convertir la vida humana en algo digno de ser
amado.
4.-
Lo dicho acerca de la importancia de la relación halla en la música una confirmación inmediata, vivaz
e impresionante. Doy cuatro golpes inconexos sobre la mesa... Todavía no existe
el fenómeno musical. Pero vinculo esos golpes entre sí, es decir, los
interrelaciono, y ya tenemos el ritmo, que consta de sonidos ordenados en el
tiempo. Con el ritmo nace la música. Merced a la interrelación rítmica de
varios sonidos surge la melodía. Diversas melodías superpuestas dan origen al
encantador fenómeno de la armonía. El orden, la interrelación es el origen del
edificio impresionante de la música. La
sonata en fa menor de Beethoven, la genial Appassionata, comienza con tres notas descendentes: do, la, b, fa. Es una relación, una
forma de estructurar los sonidos. De ahí arranca la estructura entera de esa
magna obra. Al oír ese tema nuclear, vibramos ya con la obra entera, es decir:
entramos en relación creativa con
ella.
De forma semejante, al
entrar en contacto con los materiales sonoros de una obra, presentimos los
otros seis modos de realidad que la integran: los sonidos intervinculados, la
estructura que los ensambla, los ámbitos que expresan, el mundo cultural que
inspiró su estilo, la emotividad que todo ello suscita, el entorno vital para
el que fue compuesta la obra. Al captar la interna vinculación de esos siete aspectos
de la obra, es cuando vivimos la experiencia musical en su plenitud estética.
La música nos insta a no quedarnos en los valores inmediatos sino a
trascenderlos hacia todo aquello a lo que remiten. Aprendemos de esta forma a
dotar nuestra inteligencia con las tres condiciones de la madurez: largo alcance, comprehensión y profundidad.
5.-
Cuando un alumno así formado en las diferentes áreas del conocimiento asiste
luego a la clase de Ética –o Formación
Humana– y oye explicar al profesor que somos “seres de encuentro” y nuestro
verdadero ideal es el de la unidad, exclama, espontáneamente en su interior: “¡Pues claro! ¿Cómo iba a ser de otro modo
si todo el universo está fundado en la relación y nuestras obras culturales más
excelsas son tramas de relaciones?”
El privilegio del hombre es crear nuevas formas de
relación
Por estar inserto en el
tejido de relaciones que constituyen el universo, el ser humano se halla, desde
antes de nacer, ensamblado en tramas de vínculos de todo orden, a los que ha de
ser fiel durante la vida. Pero su gran
privilegio es poder y deber crear nuevos tipos de relaciones y de unidad con
toda suerte de realidades. Por eso, si quiere hacer justicia a su
naturaleza más honda, ha de poner gran empeño en descubrir qué modos de
relación puede crear y qué grados de calidad puede dar a los tipos de unidad
que tales relaciones generan. Aquí empieza la apasionante labor formativa, en
la cual las diversas formas de experiencia estética pueden prestarnos una ayuda
decisiva.
Para hacernos cargo de los
modos valiosísimos de unión que podemos crear con los seres del entorno,
hagamos la experiencia de aprender de memoria un poema que nos sea desconocido.[6] Memorizar algo no se reduce a
almacenarlo en el interior, sino a meterlo en el corazón, como sugieren los
franceses al hablar de savoir par coeur,
saber de corazón. “Recordar” es volver a pasar por el corazón (en latín, cor). Por eso decía Unamuno que
“recordar es vivir”, vivir incluso a
veces con más intensidad que nunca. Aprendamos el poema, retirémonos a nuestra
habitación y, con el debido recogimiento, recitémoslo con intención creativa,
es decir, con la voluntad de darle vida, de poner al descubierto todas las
posibilidades expresivas que alberga.
“Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar,
que es el morir; allí van los señoríos, derechos a se acabar y consumir (...)”.
Cambia el ritmo, fíjate más
y más en la eses silbantes y las erres deslizantes; subraya un tanto –más con
la intención que con la intensidad de la voz– el valor de los versos más cortos
(“que es el morir”; “y consumir”)... Al cabo de unos minutos te darás cuenta de
que este fragmento de poema ha dejado de serte distante, externo, extraño y
ajeno, como era al principio, para hacérsete íntimo, aun siendo distinto.
Tú no eres el poema, pero lo has convertido en tu voz interior, en el impulso de tu actividad como intérprete. Cuando
lo estás declamando de esa forma re-creadora, el poema es lo más íntimo de tu
interioridad. Ahora dime qué tipo de unidad has creado con el poema, con el
autor, con el estilo del autor, con su época... Es una unidad entrañable, intensísima,
inimaginable en el nivel 1, el de los
meros objetos. A un objeto puedo agarrarme con intensidad de náufrago. Levanto
las manos y no queda nada. La unión fue intensa pero pobre. En el nivel 1, la unión, por fuerte que sea,
es siempre tangencial, superficial, pasajera, de tal forma que la realidad a la
que nos unimos permanece fuera de nosotros. En el nivel 2 –el del encuentro entre realidades que no son meros objetos
sino ámbitos, fuentes de posibilidades– pueden crearse formas de unidad en las
cuales se supera la escisión entre el dentro y el fuera, el interior y el
exterior, lo privadamente mío y lo crispadamente tuyo. Mis problemas son tus
problemas, mis gozos son tus gozos. ¿Nos damos cuenta de lo que significa que
una realidad distinta de mí y en principio distante y ajena, pueda llegar a
serme íntima sin dejar de ser distinta? Al ser creativos, porque recibimos
activamente las posibilidades que nos ofrece una realidad, la convertimos en
íntima sin fusionarnos con ella, antes respetando su independencia y fomentando
incluso su propia identidad. Estamos, con ello, en un nivel superior de
realidad y de conducta –nivel 2–, un
nivel que nos abre inmensas posibilidades creativas y nos permite resolver los
graves malentendidos que se originan cuando planteamos las actividades
personales en un nivel de realidad y de conducta inferior al que les
corresponde.
No procede, por tanto, tener
miedo a quedarnos solos por no poder superar la distancia entre nosotros y lo
que nos es exterior. Si no la superamos es porque no somos creativos, no somos
“responsables”, no respondemos a la llamada que nos hacen las realidades del
entorno a recibir activamente las posibilidades que nos ofrecen, es decir, los
valores que nos otorgan. Si a una persona la tomo como un medio para mis fines,
no como una fuente de posibilidades de realización personal, la convierto en
algo externo a mí, distante, extraño y ajeno. Me quedo solo frente a ella. Pero
ello es debido a mi actitud egoísta, no al hecho de que ella sea una realidad
distinta de mí.
Lo mismo sucede con la
contraposición entre “inmanencia” y “trascendencia”. Se dice que lo inmanente
está aquí, donde nosotros nos hallamos, y lo trascendente está allá, fuera de
nosotros, y se da por supuesto que el aquí y el allá, lo inmanente y lo
trascendente se oponen. “Yo me instalo en la inmanencia –ha dicho alguien con
vitola de intelectual–; la trascendencia queda, por definición, fuera de mí”.
Esta afirmación es exacta en el nivel 1;
resulta falsa en el nivel 2, el de
las realidades ambientales y la actitud creativa. Para darnos cuenta de lo
maravillosa que es la unión que se crea entre nosotros y las realidades que
asumimos como impulso de nuestro
obrar, reparemos en que al principio no conocíamos
el poema, nos era externo y desconocido, pero fuimos adentrándonos en él
movidos por la energía que nos facilitaba él mismo. En todo proceso de
conocimiento de realidades que nos ofrecen posibilidades para actuar con
sentido buscamos algo en virtud de la
fuerza que nos comunica eso mismo que vamos buscando. Reparemos en que,
cuando declamamos el poema, actuamos por propia iniciativa, pero nos sentimos
en cierta medida llevados; nos movemos con libertad interior, pero seguimos
fielmente el cauce trazado por la obra. No se trata de una actuación paradójica, sino perfectamente lógica en el nivel 2. La importancia de
este descubrimiento resalta cuando advertimos que este proceso sorprendente y
fecundo de buscar una realidad en virtud de la fuerza que nos viene de ella, se
da de forma semejante en la experiencia estética, en la ética, la metafísica y
la religiosa. Es el tercer punto que quería tratar.
LA AFINIDAD DE LAS DIVERSAS EXPERIENCIAS HUMANAS
La experiencia de interpretación musical
Tomo la partitura de una
obra desconocida para mí y la pongo sobre el atril del piano. En ese instante,
la partitura y el instrumento están cerca
de mí. La obra, en cambio, se halla a
distancia; es, respecto a mí, algo distinto, distante, externo y ajeno. Pero,
como sé leer los signos de la partitura, la obra me invita a asumir sus
posibilidades de juego musical y a entrar con ella en una relación de presencia e intimidad. Yo acepto tal
invitación, y empiezo a buscar una realidad que me impulsa a crear con ella un
nexo profundo, tan profundo y decisivo que de él depende su existencia plena
como obra y la mía como intérprete. Sabemos que en la partitura la obra se
halla latente, en estado virtual, como una Bella Durmiente que necesita el beso
del Príncipe Azul para cobrar vida. El polo evocador de la obra, el que la trae
en cada momento a la existencia, el Príncipe Azul es el intérprete.
Estamos ante una experiencia reversible, de doble
dirección: Salgo en busca de la obra, pero lo hago con la energía que me da la
obra al ofrecerme posibilidades de volver la a crear. Quiero encontrarme con la
obra porque de algún modo ya estoy en ella, me hallo instalado en su campo de
posibilidades de juego. A través de los signos de la partitura adivino las
formas que en ellos se expresan e intento expresarlas en el teclado. Lo hago
tanteantemente, sin libertad y firmeza. Poco a poco tales formas cobran cuerpo,
adquieren una configuración determinada. Tal configuración se la otorgo yo,
pero es de ellas. Sin mí, ellas no serían reales; pero yo no soy dueño de
ellas. Mi labor se limita a dejar que mi acción troqueladora de la obra sea
modelada por la fuerza configuradora de la obra misma. Es decir, yo configuro
la obra dejándome configurar por ella. Es ella la que me dice en cada momento
si mi interpretación es justa, si pone ya al descubierto sus virtualidades, o
debo todavía perfilarla mejor. El juego mismo de la interpretación es una
fuente de luz para proseguir la búsqueda de la verdad plena de la obra. Nadie
necesita decirme desde fuera lo que tengo que hacer. Es la obra misma la que me
guía. Comienza a dirigir el Cuarto
Concierto de Brandenburgo de Bach de forma demasiado rápida. Verás que
hacia el compás 183 el pasaje rapidísimo del violín solista se convierte en una
mancha sonora inexpresiva. La obra misma te invita a volver al principio y
remansar un tanto el ritmo. Si lo haces, ese pasaje adquiere un especial
mordiente y se torna sumamente expresivo.
Cuando buscas algo por
iniciativa propia, pero lo haces iluminado por el valor interno de lo que
quieres hallar, has de saber que actúas inspirado. Ni dominas, ni eres
dominado. Conviertes una realidad distinta en principio impulsor de tu propia
actividad y superas la escisión entre la interioridad y la exterioridad, el
dentro y el fuera, el dominar y el ser dominado. Al ser fiel a ese principio,
no te alienas o enajenas, no pierdes tu iniciativa personal y te conviertas en
una marioneta, gobernada desde fuera; te elevas a lo mejor de ti mismo porque
pones en juego la capacidad creativa propia de un ser finito.
En el nivel de la
creatividad, nivel 2, nadie domina a
nadie; todos se intercambian posibilidades de acción creadora y crean un campo
de juego en el que se supera la escisión entre el dentro y el fuera, lo
interior y lo exterior. Tal superación permite crear modos de unidad muy
superiores a los propios del nivel 1,
el de la cercanía física y el contacto tangencial.[7]
La experiencia ética de interiorización de un valor
Todavía era muy niño cuando
un atardecer me sorprendió mi madre con este encargo: “Toma ese bocadillo y
llévaselo al pobre que acaba de llamar a la puerta”. Yo me resistí porque era
un anciano de barba larga y me daba miedo. Mi madre insistió: “No es un
delincuente, sino un necesitado; vete y dáselo”. Esta tarea la habían hecho
hasta ese día mis hermanos mayores. Lo que mi madre quiso a partir de ese
momento fue que yo me acercara al área de irradiación del valor de la piedad. Los valores no sólo existen; se hacen valer, y se orlan con una
aureola de prestigio. Al acercarnos a ellos, nos atraen, sin arrastrarnos.
Esperan que tengamos la sensibilidad necesaria para captar su invitación y
responder a ella positivamente. Pronto observé que ser bueno con los
menesterosos encierra un gran valor y procuré asumirlo como propio. El valor de
la piedad siguió siendo distinto de
mí, pero dejó de ser distante, externo y extraño para convertirse en principio
interno de mi actividad y volverse íntimo.
El primer conocimiento de tal valor me vino sugerido desde fuera. No importa. Lo decisivo es que un día lo convertí en una voz interior y me sentí tanto más
libre interiormente cuanto más fiel fui a sus apelaciones. En el nivel 2, la libertad y la obediencia a
normas, cuando éstas son juiciosas y por tanto fecundas para nuestra vida
creativa, no sólo no se oponen sino que se enriquecen mutuamente. Actuamos con
libertad interior o creativa cuando asumimos activamente posibilidades que nos
vienen dadas y nos permiten hacer surgir algo nuevo dotado de sentido y
relevancia.
Si convertimos un valor en
principio interno de acción, damos cumplimiento a una exigencia íntima y
experimentamos un sentimiento de plenitud y seguridad, pues no se trata de
reconocer una realidad distinta y ajena y doblegarse ante sus exigencias; lo
que queremos es vincular (ob-ligar)
todo nuestro ser personal a una realidad que lo lleva a pleno desarrollo. Nunca
como en esta “interiorización” de los valores estamos más afirmados en nosotros
mismos y más rendidamente vinculados a la realidad. Somos plenamente
“autónomos” al ser decididamente “heterónomos”.[8]
La experiencia metafísica de inmersión reflexiva en la
realidad
“Al comienzo de la
conferencia ¿Qué es metafísica?” –uno de sus escritos programáticos–, Martin
Heidegger subraya la importancia que reviste en la actividad metafísica la
experiencia personal de inmersión.
“¿Qué es metafísica? La
pregunta suscita la esperanza de que se va a hablar acerca de la metafísica.
Renunciamos a ello. En su lugar analizamos una determinada cuestión metafísica.
De esa forma nos sumergimos, sin duda, inmediatamente dentro de la metafísica
misma. Con lo cual le procuramos la única posibilidad adecuada para que se nos
ponga ella misma de manifiesto”.[9]
Al final de la obra se cuida
el gran filósofo de advertir que, en rigor, no cabe inmergirse en la metafísica
porque, “en cuanto existimos, ya nos hallamos siempre en ella”.[10]
Para entender bien en qué
sentido debe hablarse aquí de “inmersión”, conviene no entender este concepto
en el nivel 1, como una forma de
adentrarse en un elemento físico envolvente, por ejemplo el agua. El agua
envuelve a quien se sumerge en ella, pero le sigue siendo externa, ajena, y la
inmediatez en que se halla respecto a él es de mera cercanía física. Bien es
cierto que el agua ofrece posibilidades de juego al hombre que sabe nadar.
Cuando éstas son asumidas por el nadador, éste y el agua fundan un campo de
juego común, y su relación mutua supera los esquemas “aquí-allí”,
“dentro-fuera”... El agua no se halla distante
del hombre que se mueve en ella, pero tampoco le es íntima. Entre ambos media una relación de operatividad, que hace
posible una actividad deportiva pero no afecta al sentido mismo de la vida
humana. En cambio, cuando asumimos un valor –estético, ético, religioso...–, la
inmediatez que se instaura entre el valor y nosotros es de aceptación y de participación.
La participación, en el nivel 2,
funda un tipo de unidad estrecha y fecundísima entre el ser que participa y el
participado. Por eso el valor, aun siendo una realidad distinta del sujeto que
se deja sobrecoger por
él, se le
hace más íntimo
que su propia
intimidad, pues nada hay más íntimo al hombre que lo que le permite
desarrollarse plenamente en cada instante por haber sido tomado como principio
interno de actuación.
La experiencia de participación artística que diseñamos en
el punto anterior la revive el gran filósofo francés Louis Lavelle en el nivel
metafísico.[11]
De modo semejante a como el intérprete se ve impulsado y nutrido
espiritualmente por la obra musical en la que participa, Lavelle siente en todo
momento que su vida como hombre está siendo sostenida, apoyada y promocionada
por el Ser que lo rodea y envuelve a modo de atmósfera nutricia. Este modo
nutricio de envolver implica un género de flexibilidad y dinamismo del que
carecen las cosas, vistas como seres delimitados, opacos, que se relacionan
entre sí de modo externo y superficial. Así como la interpretación musical
convierte la obra interpretada en íntima al artista, la participación humana en
el Ser consiste en ir intimando con él al hilo de la actuación personal,
comprometida, en la creación de ámbitos de realidad, hasta llegar a
“interiorizarlo”, a convertirlo en principio
de vida creadora, propia de un ser personal.
La teoría de la
participación subraya a la vez la entrega “heterónoma” del hombre al Ser y la
promoción “autónoma” de su propia libertad. El Ser, como fuente última de
realidad y de vida, ejerce sobre el hombre un poder de apelación que lo insta a
responder libremente, con el fin de realizar su propia vocación. Tenemos de
nuevo una experiencia reversible: El hombre se plantea el tema del Ser, elabora
tratados de metafísica y se pregunta dramáticamente por qué existe el Ser y no
más bien la nada porque desde siempre se halla inmerso en el Ser con un tipo de
inmersión activa: está recibiendo
posibilidades para vivir y actuar en todos los órdenes y se ve instado a
asumirlas activamente con objeto de crear algo valioso y dar sentido a su vida.
Se dice profusamente que el hombre es un “ser-en-el-mundo”, pero el modo de
estar en el mundo no es simplemente pasivo; le lleva a realizar toda suerte de
experiencias reversibles, que pueden ser fecundas o destructivas y labran con
ello su destino. El Ser es la fuente primaria de participación; el hombre se
constituye mediante la participación en el Ser, entendido en toda su riqueza.
En el fondo, es la misma
estructura bidireccional que caracteriza la experiencia artística. La obra
musical es fuente de participación para el artista que sea capaz de crearla o
al menos de contemplarla; el artista se constituye como tal en cuanto participa
de obras que le ofrecen posibilidades creativas.[12]
La experiencia religiosa
También en la experiencia
religiosa buscamos a Dios merced a la energía que nos viene de la realidad
buscada. Si nos ponemos en marcha hacia Dios es porque de alguna forma ya
estamos en Él y venimos de Él.
“El hombre –escribe Xavier
Zubiri– está abierto a las cosas; se encuentra entre ellas y con ellas.
Por eso va hacia ellas, bosquejando
un mundo de posibilidades de hacer algo con esas cosas. Pero el hombre no se
encuentra así con Dios. Dios no es
cosa en este sentido. Al estar religado el hombre, no está con Dios, está más bien en
Dios. Tampoco va hacia Dios, bosquejando
algo que hacer con Él, sino que está viniendo desde Dios, ‘teniendo que’ hacer
y hacerse. Por esto, todo ulterior ir
hacia Dios es un ser llevado por
Él. En la apertura ante las cosas, el hombre se encuentra con las cosas y se
pone ante ellas. En la apertura que es la religión, el hombre está puesto en la existencia, implantado
en el ser (...). Y puesto en él como viniendo ‘desde’. Como dimensión
ontológica, la religación patentiza la condición de un ente, el hombre, que no
es, ni puede ser entendido en su mismidad sino desde fuera de sí mismo”.[13]
En una obra posterior,
Zubiri aclaró el sentido de esta experiencia reversible en la cual trasciendo
hacia Dios porque Dios me hace trascender.
“Escribía San Agustín que Dios diría al hombre: ‘Tú no me hubieras buscado
si yo no te hubiera encontrado’. Es verdad. Pero verdad parcial, porque no se
trata primariamente de una búsqueda sino de un verdadero acceso, todo lo
incoado que se quiera, pero verdadero acceso”.[14]
Dios se entrega al hombre, y a esa donación responde
éste con la entrega.
“La forma plenaria de acceso del hombre a Dios es ‘entrega’“.[15]
“Parodiando a San Agustín pudiéramos pensar que Dios diría al hombre: ‘No te me
entregarías si yo no te hubiera llevado a mí’. (...) A la acción donante de
realidad por parte de Dios, responde el hombre con una acción positiva en la
cual la persona no es llevada a Dios, sino que la persona acepta desde sí misma
este su ser llevada de un modo activo y positivo, a saber, ‘va a Dios’. (...) A
la donación personal que es la presencia fundante de Dios en las cosas y en el
hombre, responde la persona humana con esa forma especial de donación que es la
entrega de sí mismo”.[16]
San Agustín intuyó que la búsqueda de Dios por parte
del hombre no es de carácter lineal, como sucede con la búsqueda de las cosas
externas, que se hallan fuera de él. A Dios le buscamos invocándole, es decir,
estableciendo con Él una relación de reverencia y acatamiento, pero esta
actitud sólo es posible si ya le conocemos y nos hallamos vinculados a Él por
la fe, suscitada por el testimonio de un apóstol. Esa invocación no la
dirigimos a alguien que nos sea exterior y se halle fuera de nosotros.
“Que yo, Señor, te busque invocándote –exclama San Agustín– y te invoque
creyendo en ti, pues me has sido ya predicado. Invócate, Señor, mi fe, la fe
que tú me diste e inspiraste por la humanidad de tu Hijo y el ministerio de tu
predicador”.[17]
En el nivel 2
–el de las relaciones personales, creativas– y más aún, en el nivel 3 –el de la vinculación
incondicional al bien, la justicia, la belleza...– y en el nivel 4 –el de la religación fundamental al Creador–, todas las
experiencias ostentan carácter reversible, de doble dirección. Por eso parecen
moverse en forma de “círculo”, pero no es un círculo vicioso sino virtuoso.[18]
En éste, el sentido pleno de cada realidad se alumbra al verla en relación
activa con las demás. En el Misterio de Jesús pascaliano, el Señor le dice al
creyente: “Consuélate, tú no me buscarías si no me hubieras encontrado”.[19]
He aquí el “pensamiento circular” que debemos poner en juego para comprender a
fondo las experiencias reversibles.[20]
La importancia
del pensamiento relacional
Si el hombre es, en verdad, “un ser de encuentro” y
está llamado por su misma condición racional, libre y creativa a desarrollarse
creando toda suerte de interrelaciones –lo que le sitúa en una dimensión
superior a todos los seres del universo–, debe considerarse obligado en la raíz
más honda de su ser a pensar, sentir y
querer de modo relacional. El pensamiento relacional supera por elevación
la prepotencia del relativismo
subjetivista –según el cual todo depende del sujeto que piensa, siente y
quiere– y la pasividad indolente del objetivismo,
que reduce el sujeto a un espectador sumiso de la realidad externa. La belleza
del Partenón no se halla en el sujeto
que la contempla ni en el edificio que lleva ese nombre. Surge entre ambos cuando se produce un acto de auténtica
contemplación estética. Asimismo, los valores no se revelan sino a las personas
“responsables”, es decir, dispuestas a responder positivamente a la invitación
que ellos le hacen a asumirlos en su vida. Pero dichas personas no son dueñas
de los valores.
La forma de pensar relacional concede al sujeto
cognoscente la importancia que compete a la función que ejerce, pero no es subjetivista, pues no olvida la parte
que corresponde al objeto de conocimiento
–que en estos casos no se reduce a mero
objeto–. No se olvida del papel ineludible que desempeña el objeto de
conocimiento, pero no es objetivista,
por tener en cuenta que ese papel lo realiza en cuanto se halla abierto al
sujeto –no cerrado, como los objetos–, pronto a colaborar con él y dar lugar a
una realidad artística como es, por ejemplo, El Partenón.
Al pensar de modo relacional, ampliamos y
profundizamos de forma insospechada nuestra visión del universo y de la vida
humana. Pongo en la mano un trozo de pan. Parece que se trata de un mero
objeto, por ser una realidad delimitable, asible, situable en un lugar u otro,
sometible a un análisis científico, producto de un proceso fabril. Ciertamente,
el pan lo elabora el hombre, pero lo hace a base de frutos de la tierra, por
ejemplo el trigo. Y el trigo no lo produce nadie; es fruto de una confluencia
múltiple de elementos que entran en relación a su debido tiempo: el campesino
que recibe de sus mayores unas semillas y las confía a la madre tierra; el agua
que sirve de mediadora entre las sales de la tierra y la semilla; el océano que
evapora el agua; la lluvia que empapa la tierra; el sol que dora la mies... Al
ser fruto de la unión de mil realidades, el trigo y, derivadamente, el pan se
cargan de poder simbólico cuando un padre de familia parte el pan, lo reparte y
lo comparte con un huésped amigo. Lo mismo puede decirse del vino que escancia
en su copa.
El pensamiento relacional perfecciona nuestra
inteligencia porque le da largo alcance y supera la miopía intelectual; la hace
comprehensiva y evita la unilateralidad; agudiza su capacidad de penetración y
la redime de la superficialidad. Al no ser superficial sino profunda y captar
el verdadero sentido de cada realidad, este tipo de inteligencia suscita la
vibración de toda la persona ante las realidades valiosas. Esa vibración
emotiva es un modo elevado de sentimiento,
que incentiva la voluntad para colaborar creativamente con las realidades
admiradas y crear formas relevantes de unión.
Al crear estos modos de unidad y llevar la propia
personalidad a pleno logro, nos convertimos en portavoces del universo. Cada astro se mantiene en unidad con los
demás al recorrer su órbita indefinidamente y da con ello gloria al Creador,
pero no lo sabe. Al exhibir sus bellas formas y exhalar su perfume, como
expresión de su unión a la planta y de la vinculación ecológica de ésta al
entorno, la flor da gloria al Creador pero no lo sabe ni lo quiere. Quien lo
sabe y debe quererlo es el ser humano.
Cuando una joven, el día de la boda, lleva en sus
brazos un ramo de flores, no lo hace sólo porque sean bellas, sino porque
quiere darles voz. “Vosotras dais gloria
a Dios pero no lo sabéis –viene a decirles–. Venid conmigo, que voy a crear con mi novio una forma eminente de
unidad, y en ella tomaréis parte todas las criaturas que os mantenéis unidas y
sostenéis el universo”.
Al coronar lúcida y voluntariamente esa inmensa y
gloriosa pirámide de relaciones que es el universo y convertirse en sus
portavoces, los novios alcanzan su máxima dignidad, se ponen en verdad,
celebran la gran fiesta del amor, que es la manifestación más brillante de la
unidad. Por eso una boda desborda alegría, ya que –en palabras del gran
pensador francés Henry Bergson– “la alegría anuncia siempre que la vida ha
triunfado”,[21]
y no hay triunfo mayor que vivir con plena conciencia y libertad la vocación a
la unidad que nos viene de las raíces últimas de la realidad creada y, en
definitiva, del Creador.
Si vemos en bloque, con mirada sinóptica, lo que
significan las interrelaciones en el universo, y adivinamos luego las
posibilidades inagotables que tenemos los hombres de crear modos diversos de
unidad con los seres del entorno, podemos concluir gozosamente que la
investigación de la grandeza del hombre es apasionante y no ha hecho más que
empezar.[22]
BIBLIOGRAFÍA
Ø BERGSON,
Henri, 1944. L´energie spirituelle, París: PUF.
Ø EBNER, Ferdinand, 1949. Das Wort is der Weg, Viena,
Ed. Herder.
Ø LÓPEZ Quintás, Alfonso, 2002. Inteligencia creativa. El descubrimiento
personal de los valores, Madrid: BAC.
Ø PASCAL,
1955, Pensées, París: Ed. Garnier.
Ø PRAT,
Henri, 1971. L´univers multimensionnel, Montreal: Les Press de l´université de
Montreal.
Ø ZUBIRI, Xavier, 1987. Naturaleza, historia y Dios, Madrid: Alianza
Editorial. 1984. El hombre y Dios, Madrid: Alianza Editorial
[1] . Cf. Das Wort ist der Weg (La palabra es el camino), Herder, Viena 1949,
pp. 87, 211; Das Wort und die geistigen Realitäten, Herder, Viena 1952, pp. 31,
148, 253, 258-259. (Versión española: La palabra y las realidades espirituales,
Caparrós, Madrid 1993, pp. 31, 122, 203, 207
[2] Cf. Das Wort und die geistigen Realitä- ten, p. 151; La palabra y las
realidades espirituales, p. 125.
[7] Una amplia descripción de la experiencia de interpretación musical se
halla en mi obra Inteligencia creativa. El descubrimiento personal de los
valores, BAC, Madrid 2002, pp. 109-115.
[8] Sobre las experiencias éticas pueden verse diversas descripciones en mis
obras Cinco grandes tareas de la filosofía actual, Gredos, Madrid 1977, pp.105-
109; El triángulo hermenéutico. Introducción a una teoría de los ámbitos,
Madrid 1971.
[9] Cf. Was ist Metaphysik, v. Klostermann, Frankfurt
1955, p. 24. Versión española: ¿Qué es metafísica?, Edic. Alpe,
Buenos Aires 1955, pp. 17-18.
[11] Cf. De
l´acte, Ed. Montaigne, Paris 1946, pp. 147, 150. Sobre
este sugestivo tema puede verse mi obra Cinco grandes tareas de la filosofía
actual, Gredos, Madrid 1977, pp. 160-167
[12] La experiencia de participación estética nos da luz para comprender el
difícil pensamiento de Karl Jaspers acerca de la “trascendencia”, concepto
clave en sus obras de creación filosófica. “Si sólo hubiera trascendencia
–escribe–, mi voluntad desaparecería, convirtiéndose en obediencia automática.
Si, por el contrario, no hubiera en absoluto trascendencia, mi mera voluntad no
podría producirla” (Cf. Philosophie II, Springer, Berlín 1932, p. 199).
[18] Romano Guardini, extraordinariamente sensible para los valores de la
vida espiritual, subrayó en diversos contextos la importancia del pensamiento
relacional y circular. Véase, por ejemplo, su breve obra Anfang. Eine Auslegung
der ersten fünf Kapitel von Augustins Bekenntnissen, Kösel, Munich, 1953, pp.
22-28. Versión española: Principio. Una interpretación de San Agustín, Sur,
Buenos Aires 1963.
[19] Cf.
Pascal: Pensées N.° 553, Ed. Garnier, París 1955, p. 212.
“Tú no me buscarías si no me poseyeras”. Confróntense estas expresiones con los
capítulos 18 y 29 del libro X de las Confesiones de San Agustín. Véanse los
comentarios de Romano Guardini en Christliches Bewusstsein. Versuche über
Pascal, M. Grünewald, Maguncia 41991, p. 213. Versión española: Pascal o el
drama de la conciencia cristiana, Emecé, Buenos Aires 1955, pp. 231-236.
[20] Sobre la afinidad de la experiencia estética, la ética, la metafísica y
la religiosa pueden verse mis obras Cinco grandes tareas de la filosofía
actual, pp. 102-109; El triángulo hermenéutico. Introducción a una teoría de
los ámbitos, Editora Nacional, Madrid 1971, pp. 501-567; La experiencia
estética y su poder formativo, Verbo Divino, Estella 1991, pp. 242-264.
[21] Cf.
L´énergie spirituelle, PUF, París, 1944, p. 23.
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