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I. Las representaciones
primitivas del «alma» son muy varias, pero se destacan tres rasgos comunes a
muchas de ellas. El alma es concebida a veces como un soplo, aliento o hálito,
equivalente a la respiración; cuando falta tal aliento, el individuo muere. A
veces es concebida como una especie de fuego; al morir el individuo, este
«fuego» –que es el «calor vital»– se apaga. A veces, finalmente, se concibe
como una sombra, presentida o de algún modo «entrevista» durante el sueño. En
los dos primeros casos, el alma es más bien como un principio de vida; en el
último caso, más bien como una «sombra o un simulacro». La idea del alma como
aliento, hálito, exhalación, soplo, etc., es acaso la más común. E. B. Tylor ha
indicado que puede hallarse en «las principales corrientes de la filosofía
universal». Los términos usados para designar tal «alma» en diversas culturas
muestran cuán
difundida se halla esta idea. Así, en los vocablos nefesh
(hebreo), nefs (árabe), atman (sánscrito), pneuma
(griego), animus y anima (latín), todos los cuales significan de
un modo o de otro «aliento», aun cuando luego vayan adquiriendo el significado
de un cierto principio o de una cierta realidad distintos del cuerpo. En
algunos casos los términos usados para designar el «alma» son distintos de los
empleados para referirse al «aliento». Así ocurre con el sánscrito prana –a
diferencia de atman–, con el hebreo neshmah –a diferencia de nefesh–,
con el árabe ruh –a diferencia de nefs–, etc. Un origen
«material» puede hallarse, sin embargo, en los citados vocablos, lo mismo que
en los términos psyche (griego), duja (ruso), Geist
(alemán) –este último, usualmente traducido por 'espíritu', tiene la misma raíz
que el inglés ghost, comúnmente vertido por 'fantasma'–. A veces se
distingue entre el «alma» como «principio de vida» y el «alma» como «doble» por
medio de dos distintos vocablos. Ejemplos son kra y chraman (antiguo
egipcio), zymos [thymos] y psyche (en griego). Esta última
distinción es sobremanera importante, aunque no siempre se expresa mediante uso
de distintos términos. Así, psyche designa en Homero por igual «la vida»
(la vida como «aliento») y la sombra incorpórea o imagen (a veces, sin embargo,
designada mediante el vocablo eidolón). Puede decirse que la idea del
«alma» se va precisando –y, si se quiere, purificando– a medida que los
términos empleados para referirse a ella tienden a describir menos un principio
vital general que una especie de «doble» propio de cada uno de los hombres. Por
este motivo, las primeras especulaciones filosóficas acerca del alma se
conjuran principalmente en torno a la idea del «simulacro» o «fantasma» del
viviente, «simulacro» o «fantasma» que puede salir o alejarse del viviente (y
aparecer en sueños) inclusive durante el curso de la vida.
Las anteriores indicaciones son lo
suficientemente generales como para aplicarse a la mayor parte de las llamadas
«representaciones primitivas». No son, sin embargo, ni siquiera un bosquejo muy
general de tales representaciones. Algunas de éstas no encajan fácilmente en
las concepciones reseñadas. Como ejemplo mencionamos que en el pensamiento
chino arcaico no se suponía que todos los individuos tuviesen necesariamente
alma, ni siquiera en tanto que un «doble». El «alma» era vista como un dios o
espíritu que, procedente del Cielo, podía ingresar en el cuerpo de un hombre.
Si se hallaba, por así decirlo, «a gusto» en tal cuerpo, podía decidir
permanecer en él de modo permanente.
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II. No pocas de las primeras representaciones griegas del alma de que
tenemos noticia son, en el sentido anterior, «primitivas». Por lo demás, hasta
el final de la cultura antigua –y en muchas concepciones «populares» dentro del
Occidente hasta nuestros días– dominaron representaciones del «alma» formadas
de muy diversas capas: el alma como un muerto-sombra que desciende al seno de
la tierra; el alma como un «aliento» o principio de vida; el alma como
«realidad aérea» que vaga alrededor de los vivos y se manifiesta en forma de
fuerzas y acciones, etc. Estas representaciones influyeron, además, sobre las
ideas que no pocos filósofos se formaron del alma. Algunos presocráticos
concibieron como «almas» todos los «principios de las cosas» en cuanto «cosas
vivientes». Los atomistas describieron el alma como compuesta de átomos, bien
que de materia muy fina y sutil (probablemente de la misma materia con que está
formado el fuego).
Sin embargo, antes de Platón se constituyó
un complejo de especulaciones sobre la idea del alma que luego fue absorbido y,
por así decirlo, «purificado» por dicho filósofo. En substancia consiste en
sustituir la idea del alma como semivida, como sombra y aun como principio de
vida orgánica por una idea del alma como realidad «desterrada». Parece que esta
última idea comenzó a surgir hacia el siglo IX antes de J. C. y se desarrolló
hasta el siglo V antes de J. C. Varios motivos se conjuraron al efecto.
Uno de ellos ha sido puesto de relieve por E. R. Dodds (Cfr. infra,
bibliografía): las influencias chamanísticas procedentes de Dacia y Escitia y
prontamente difundidas no sólo por el Asia Menor y Creta, sino también por el
Sur de Italia (especialmente Sicilia). Se comenzó a creer que hay en cada
hombre una realidad de orden divino, la cual ha preexistido al cuerpo y
perdurará tras la muerte y corrupción del cuerpo. Representantes filosóficos o
semifilosóficos de esta nueva tendencia son el orfismo, Pitágoras y Empédocles.
El alma puede, pues, entrar en el cuerpo y salir de él, sin identificarse nunca
completamente con el cuerpo. En cierto modo se trata de una nueva versión del
primitivo «doble», pero con un origen luminoso y divino. El cuerpo puede ser
concebido entonces como una especie de cárcel, o sepulcro, del alma. La misión
del hombre es liberar su alma por medio de la purificación y al final, más
filosóficamente, por medio de la contemplación. El alma no es un principio que
informa el cuerpo y le da vida; es algo de naturaleza esencialmente no sensible
y no material.
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Platón acogió estas ideas y las refinó
considerablemente. Al principio, especialmente en el Fedón, defendió un
dualismo casi radical del cuerpo y el alma; el alma era para él una realidad
esencialmente inmortal (véase Inmortalidad) y «separable». El alma aspira a
liberarse del cuerpo para regresar a su origen divino y vivir, por decirlo así,
entre las ideas, en el mundo inteligible. Aun dentro del cuerpo, el alma puede
recordar (véase reminiscencia) las ideas que había contemplado puramente en su
vida anterior. La teoría del alma pura es en Platón el fundamento de su teoría
del conocimiento verdadero, y a la vez éste constituye una prueba de la
existencia del alma pura. Sin embargo. Platón se dio cuenta pronto de que el
dualismo cuerpo-alma planteaba no pocas dificultades, no sólo epistemológicas y
metafísicas, sino también morales. Su filosofía es en gran parte un esfuerzo
por solucionar tales dificultades, y hasta puede hablarse de una «dialéctica
del alma» en Platón a través de la cual se afirma, para luego negarla, la
separabilidad del alma con respecto al cuerpo.
Por lo pronto, debía de haber algún «punto» o
«lugar» por donde el alma quedase insertada en el cuerpo; de lo contrario, no
se entendería cómo hay relación entre las operaciones de una y del otro. Las
distinciones entre varios órdenes (o tipos de actividades) del alma es uno de
los modos de afrontar la cuestión citada. Platón distinguió, por ejemplo, entre
la parte sensitiva (sede del apetito o deseo), la parte irascible (sede del
valor) y la parte inteligible (sede de la razón). Parece «obvio» que mientras
esta última «parte» es «separable» del cuerpo, ninguna de las otras dos lo son.
Pero entonces se plantea el problema de la relación entre los diversos órdenes
o tipos de actividad del alma. Platón creyó hallar una solución al problema
estableciendo que los órdenes en cuestión son órdenes fundamentales no sólo del
alma individual, sino también de la sociedad y hasta de la naturaleza entera.
Estos órdenes se hallan en una relación de subordinación: las partes inferiores
deben subordinarse a la parte superior; el alma como razón debe conducir y guiar
el alma como valor y como apetito. El alma puede tener algo así como una
historia en el curso de la cual se va purificando, es decir, va formando y
ordenando todas sus actividades de acuerdo con la razón contemplativa. De lo
que el hombre haga en su vida dependerá que se salve, es decir, se haga
inmortal, esto es, se haga entera y cabalmente «alma pura». Pues el hombre,
escribió Platón, puede «convertirse enteramente en algo mortal» cuando se
abandona a la concupiscencia, pero se hace inmortal y contemplativo cuando
«entre todas sus facultades ha ejercido principalmente la capacidad de pensar
en las cosas inmortales y divinas» (Tim., 89 B). En suma, el alma reside
por lo pronto en lo sensible, pero puede orientarse hacia su «verdadera
patria». El alma no deja de ser alma por quedar encerrada en lo sensible, pero
sólo cuando actúa según lo inteligible puede decirse que ha sido purificada.
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Los neoplatónicos, y especialmente Plotino,
desarrollaron con gran detalle esta «dialéctica» platónica del alma. Plotino
usó no sólo los conceptos elaborados por Platón, sino también los tratados por
Aristóteles; se preguntó, pues, en qué forma el alma se halla unida al cuerpo,
si siendo instrumento de él, constituyendo una mezcla o siendo forma del cuerpo
(Enn., I i 3). Lo segundo se halla excluido; sólo lo primero y lo
tercero son admisibles. El alma es por sí misma, en cuanto separada del cuerpo,
una realidad impasible (I ii 5), pero puede decirse que tiene dos «partes»: la
separada o separable y la que constituye una forma del cuerpo (I i 3; II iii
15; II v 3). Hasta puede hablarse de una «parte» media o mediadora entre las
dos partes fundamentales (II ix 2). Plotino se interesa particularmente por la
parte superior e inteligible, la cual no sufre alteración (III vi 1) y es
incorruptible (III vi 1). El alma se divide cuando se orienta hacia lo sensible
(IV i 1); se unifica, en cambio, cuando se orienta hacia lo inteligible, hasta
el punto de adquirir un rango divino (IV ii 1). En último término, cuando el
alma se purifica puede inclusive transfigurar el cuerpo, es decir, hacer que
habite en este mundo como si viviera en el universo inteligible. En su ser
propio, el alma es una, incorruptible, racional, inteligible, contemplativa e
inmortal. Debe tenerse en cuenta, para el cabal entendimiento de las ideas de
Plotino sobre el alma, que en ocasiones se refiere al alma en general, a veces
al alma individual y a veces al alma universal o Alma del Mundo (véase). Pero
ciertas propiedades son comunes a todas las especies de almas en cuanto por lo
menos son los habitantes del mundo inteligible. De hecho, todas las almas
individuales forman una sola alma (VI v 9), si bien ello no significa una
fusión, sino una organización jerárquica en lo inteligible único (VI vii 6).
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Las doctrinas aristotélicas sobre el alma son
muy complejas. En parte se apoyan en ciertas ideas de Platón y, desde luego, en
la idea de que lo inteligible tiene que predominar sobre lo sensible, y la
contemplación sobre la acción. Aristóteles, por lo demás, habla a veces del
alma como un principio general (de vida) y a veces como un principio individual
propio de cada uno de los hombres. En ambos casos es característico del Estagirita
hacer con el alma lo que hizo con las ideas: traerla, por así decirlo, del
cielo a la tierra. Las teorías más características de este autor sobre el alma
se hallan formuladas, en todo caso, desde un punto de vista «biológico» (o,
mejor dicho, «orgánico»). El alma, declara Aristóteles, es en algún sentido el
«principio de la vida animal» (De an., I 1, 402 a 6) en tanto que vida
que se mueve a sí misma espontáneamente. Pero ello no significa que el alma se
mueva a sí misma; ser principio de movimiento no significa ser movimiento.
Ahora bien, puesto que todo cuerpo natural poseedor de vida es una substancia
(en tanto que realidad compuesta), y posee un cuerpo, no puede decirse que el
cuerpo sea el alma. El cuerpo es la materia; el alma es una cierta forma. He
aquí las dos célebres definiciones dadas por el Estagirita: «el alma es la
primera entelequia del cuerpo físico orgánico», ἐντελέχεια ἡ πρώτη σώματος
φυσικοῦ ὀργανικοῦ (op. cit., II, 1 412 b 25 sigs.); es «la primera
entelequia del cuerpo físico que posee la vida en potencia», ἐντελέχεια ἡ πρώτη
σώματος φυσικοῦ δυνάμει ζωὴν ἔχοντος (II 1 412 a 27 sigs.). No tiene sentido,
pues, preguntar si el cuerpo y el alma son una sola realidad; ello sería como
preguntar por qué la cera y la forma de la cera son una realidad. El sentido de
la unidad del cuerpo y del alma es la relación de una actualidad con una
potencialidad.
El alma es, pues, una substancia; es el quid
esencial del cuerpo. Como escribe Aristóteles: «si el ojo fuera un animal, la
vista sería su alma, pues la vista es la substancia o forma del ojo». El alma
es, pues, la forma del cuerpo en tanto que constituye el conjunto de posibles
operaciones del cuerpo. Así como lo propio del martillo es dar martillazos, lo
propio del alma es hacer que el cuerpo tenga la forma que le corresponde como
cuerpo y, por lo tanto, hacer que el cuerpo sea realmente cuerpo. El
alma es la causa o fuente del cuerpo viviente (II 4, 415 b 9). Ahora bien, si
el alma es el principio de las operaciones del cuerpo natural orgánico, puede
distinguirse entre varios tipos de operaciones. A ello corresponde la división
entre varias «partes» del alma –que, por lo indicado, no destruye en manera
alguna su unidad como forma–. El alma es el ser y principio de los seres
vivientes, por cuanto esos ser y principio consisten en vivir. Las doctrinas
aristotélicas sobre el alma no son, pues, sólo de carácter biológico o de
carácter psicológico –aun cuando ofrezcan asimismo, y muy acentuadamente, estos
dos caracteres–; constituyen el más importante fragmento de una «ontología de
lo viviente». Un rasgo básico de esta ontología es el análisis del concepto de
función y de las diversas funciones posibles. Los diversos tipos de almas
–vegetativa, animal, humana– son, pues, diversos tipos de función. Y las
«partes» del alma en cada uno de estos tipos de función constituyen otros
tantos modos de operación. En el caso del alma humana, el modo de operación
principal es la racional, que distingue esta alma de otras en el reino
orgánico. Ello no significa que no haya en dicha alma otras operaciones. Puede
hablarse de la parte nutritiva, sensitiva, imaginativa y apetitiva del alma
(véase Apetito) o sea de otras tantas operaciones. Mediante las operaciones del
alma, especialmente de la sensible y de la pensante, el alma puede reflejar
todas las cosas, ya que todas son sensibles o pensables, y ello hace que, como
dice Aristóteles en una muy comentada fórmula, el alma sea de algún modo todas
las cosas, ἡ ψυχὴ τὰ ὄντα πώς ἐστι (III 8, 431 b 21).
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Los autores que más influyeron a este
respecto sobre los primitivos autores cristianos fueron los de confesión
platónica y neoplatónica. Pero como en la tradición cristiana desempeñaba un
papel fundamental «el hombre entero» –el cual aparece existiendo con su cuerpo–
se hicieron muy agudas las cuestiones relativas a la unión del alma con el
cuerpo, a la naturaleza de la inmortalidad (véase) y a las llamadas «partes»
del alma. Tanto Windelband (en su Historia de la filosofía) como E.
Schindler (Cfr. bibliografía infra) han tratado con detalle el problema
de las muchas distinciones entre partes del alma y modos de unificación
propuestos entre tales partes en el pensamiento antiguo en relación con el
pensamiento cristiano. No podemos aquí ni siquiera resumir las numerosas doctrinas
forjadas al respecto. Nos limitaremos a indicar que, a consecuencia sobre todo
de las influencias platónicas y neoplatónicas, se tendió cada vez más por parte
de los autores cristianos a una «espiritualización» y, sobre todo, a una
«personalización» del alma. Muchas de las ideas debatidas sobre los citados
puntos se hallan en San Agustín. Éste rechaza enérgicamente toda concepción del
alma como entidad material y subraya el carácter «pensante» del alma. Pero
semejante carácter no es el de una pura razón impersonal. El alma es un
pensamiento en tanto que vive, o, mejor dicho, se siente vivir. El alma es el
pensar en tanto que se conoce a sí mismo como dudando y existiendo –y
existiendo, además, como entidad espiritual y no como una parte del cuerpo, o siquiera
como un mero principio del cuerpo–. El alma es, en rigor, para San Agustín, una
intimidad –y una intimidad personal–. Cierto que el alma es una «parte» del
hombre, el cual se compone de cuerpo y alma, por cuanto es un conjunctum.
Pero como el hombre es el modo como el alma adhiere al cuerpo, la existencia
del alma y su modo de «adhesión» son fundamentales para el hombre. El alma está
por entero en cada una de las partes del cuerpo. Ello no significa que no pueda
distinguirse entre las diversas funciones del alma, tales como la voluntad, la
memoria, etc. Pero todas estas funciones lo son de una función principal, de
una realidad espiritual indivisa que se manifiesta por medio de lo que San
Agustín llama «la atención vital». En este sentido, el alma es también
un principio animador del cuerpo. Pero como es una substancia espiritual,
no depende del cuerpo como si fuese un mero epifenómeno de éste. El alma ha
surgido de la nada por la voluntad creadora de Dios; es una esencia inmortal.
Puede decirse que dentro del pensamiento
cristiano, e independientemente de las diversas interpretaciones y
explicaciones de la naturaleza del alma proporcionadas por los filósofos
cristianos, el alma es vista no sólo como algo de índole inmaterial, sino
también, y en particular, «espiritual-personal». El alma es una vida, pero una
vida superior a la biológica. No sólo importa, pues, la aspiración a lo
inteligible, sino todas las experiencias que «llenan» la vida del alma –por
ejemplo, la esperanza–. Desde este ángulo hay distinciones muy marcadas entre
las concepciones neoplatónicas y las cristianas. Para los neoplatónicos, el
alma es, a lo sumo, una entidad intermedia entre lo sensible y lo puramente
inteligible. De ahí las constantes discusiones acerca del «lugar» (metafísico)
en que se halla o puede hallarse el alma y sobre su divisibilidad o
indivisibilidad de acuerdo con el grado menor o mayor de acercamiento a lo
inteligible. Para los cristianos, el alma es el aspecto espiritual de la
persona. Como tal, tiene una relación filial –y no sólo intelectual– con la
Persona divina. Para los neoplatónicos, el alma es aquello que puede ascender
al mundo de las ideas. Para los cristianos, es lo que puede salvarse en la
contemplación de Dios, Su creador. Añádase a ello que para los cristianos el
cuerpo puede salvarse de su corruptibilidad para convertirse en «cuerpo
glorioso». Por si fuese poco, mientras los neoplatónicos siguen viendo el alma
desde el «mundo» –sin que importe que tal «mundo» sea más bien una jerarquía de
seres y de valores que un conjunto de «cosas»–, para los cristianos el mundo es
visto desde el alma. El alma no es, pues, para los cristianos una «cosa», ni
siquiera esa «cosa» que puede llamarse «espíritu». Es una experiencia, o
conjunto de experiencias, que incluyen la subjetividad, la personalidad, la
conciencia de sí (o de sentirse vivir) y, desde luego, la trascendencia.
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Se puede alegar que desde el momento en que,
sobre todo con Santo Tomás, se introdujeron sistemáticamente los temas y los
términos aristotélicos dentro del pensamiento cristiano, algunas de las
afirmaciones anteriores perdieron su validez. Santo Tomás se apropia no pocas
de las fórmulas aristotélicas –el alma es el
acto primero de un
cuerpo orgánico que tiene vida física en potencia; y es de alguna manera todas las cosas. Dicho filósofo distingue, además, entre el
alma vegetativa, la animal y la humana (vegetativa o vivificante; sensitiva,
sensificante o irracional; intelectiva o racional). Distingue asimismo
–siguiendo a autores antiguos– entre el concepto de anima como principio
vital y el concepto de animus en tanto que entendimiento. Debe
observarse, sin embargo, que Santo Tomás no se limita a repetir las fórmulas
aristotélicas y algunas de las antiguas distinciones. De hecho, parece
preocupado sobre todo por solucionar ciertos conflictos que se habían abierto
al seguirse las inspiraciones agustinianas sin un debido análisis filosófico de
sus implicaciones. Por ejemplo, hay en Santo Tomás un esfuerzo constante para
tender un puente entre la idea del alma como subjetividad e intimidad y la idea
del alma como entelequia. Santo Tomás acentuó la noción de la unidad
substancial del hombre, la cual no podía afirmarse sin tenerse en cuenta que el
alma es una forma unificante. No se trata, pues, de establecer distinciones
entre el alma como principio del ser vivo y el alma como principio del ser
racional; se trata más bien de ver cómo pueden articularse estas distintas
operaciones. En la medida de lo posible, Santo Tomás procura salvar y
justificar varios «aspectos» del alma: la intimidad «experiencial», la
individualidad, la referencia corporal, etc. Si algunas veces parece que se
rompe la unidad –como cuando se sostiene la doctrina de las formas subsistentes
o separadas–, ello es sólo las más de las veces para restablecer un equilibrio
perdido.
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